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Relato corto

Subculturama

Oriundos de Liverpool, muchos grupos Beat, con sus instrumentos significativos deambulaban por su sensitiva mente ye ye, como The Searchers, Gerry and the Pacemakers, The Hollies, The Moonkees, Zombies o Easybeats. “Fuera la Psicodelia y los Neorromantics, abajo el Punk“, solía gritar en las concentraciones de moteros modernistas, fuera de su ciudad. Era verano y había mucha pachanguería power pop entre los amigos y el entorno endogámico de su pueblo.

Quedaba fielmente con su mara en el contexto de una década prodigiosa, donde cabían todo tipo de culturas y subculturas, dirigidas, fundamentalmente, por el movimiento New Web y que desglosaban, por otra parte, enriquecedores géneros y estilos de los cincuenta, sesenta y setenta, muchos de ellos recostumizados. Toda la maestría genealógica post-conceptual de los términos oficiales, encumbraban una rupturista forma de ver el mundo y la vida social y cultural, junto a multitud de tips y elementos costumbristas coetáneos que abarcaban un sin fín de aspectos de la vida en numerosos ámbitos. No le gustaba que la llamaran Mood. Se interesaba más por los Beatles que por los Who. Fíjate por dónde, acostumbraba a decir a modo de coletilla cuando una idea contraria a sus gustos, ella la refutaba mediante una posición clara y firme.

Desde su keli, se dirigió al bar de costumbre, donde sonaban sonidos de otra galaxia, según le decía su abuela, entronizados por la Jukebox, más comúnmente conocida en españa como Sinfonola. Muy docta y sabia conciliadora de la juventud, se consideraba mujer moderna y bastante heavy, la señora, allí donde las hubiera, pues veneraba plácidamente a gente como Obús, Leño o Pekenikes, junto a toda una representación heredada que conformaba una mezcolanza de estilos derivados de su madurez tardía y de su senectud. Ambos estratos conformaban una amalgama de emociones encontradas cada vez que se veían en la vieja y espaciada planta baja, con todo el equipo de sonido y los instrumentos puestos a modo de puzzle y donde jamás se encontraba nada en su santo sitio. Puesto que a la yaya Dolores no le gustaban los corrillos a la puerta de las casas y siempre esperaba a su nieta, arrastrada trepidantemente por la energía motriz que desplegaba la vespa de su novio, un músico aspirante a estrella, cuyo grupo se enorgullecía de haber sido telonero de Flesh for Lulu, cuando éstos tocaron una vez en las fiestas patronales de otro pueblo aledaño. Por otro lado, a su chorbo le encantaba la gente venida de la oleada británica como The Chords, Puple Hearts, así como los inigualables The Jam, estos últimos, propulsores genuinos del sentimiento Mood en Europa.

Molaba, por otra parte, ver a todo el mundo con sus parkas militares, gabardinas y guardapolvos, trajes de chaqueta, cardados alocados y ajustados milimétricamente con la laca, el fijador y la gomina. También con el consabido maquillaje de eventualidad fiestera, propia de los Synth Pop, de los Tecno y de los New romantic, y que era perfilado cromáticamente a través de unos labios rojos exhuberantes y una raya de ojos negra muy marcada. Pero, sin duda, a Juanito Mucharueda -popular líder carismático, su chico- la identificación absoluta y autóctona le sobrevenía a través de un grupo de aquí, el que coincidió cronológicamente con la década de los ochenta y con la Movida Madrileña, ni más ni menos, que Los Elegantes. Cuántas veces se ponía La calle del ritmo o Estoy fuera de sitio. y la flipaba en colores.

A katie, su colega del alma, impulsora de una dualidad única, le importaba más ir con la corriente del río, la dominante, por así decirlo, con lo cual, nadie le podía quitar de la cabeza las reminicencias electrónicas procedentes del Tecno alemán o británico, sientiéndose endiosada sistémicamente por Kraftwerk, The Visage, Ultravox, y The Church; o, sin ir más lejos, y haciendo honor a su ciudad natal, mayestáticamente fascinada por bandas valencianas de especial raigambre, como Seguridad Social, Betty Troupe o Vídeo. La muchacha, peluquera de profesión, siempre puesta en cuestión por ser atribuida como un elemento divergente, encabezaba un tríángulo amoroso bastante bodevilero. Constituía la figura hostil, sin duda, una pérfida rival sentimental, tal y como la definía en su croquis mental, Debi, la novia oficial. Con todo, y a pesar de la dialéctica del cariño y el desencanto conjugados rutinariamente. Como norma general, no le quitaba ojo cuando estaban los tres presentes en las fiestukis.

Una vez dispuestos en el bar todos los colegas, las cervezas iban y venían por doquier. Los biceps y los triceps, personificados ya en figuras para sí, dotados de autonomía propia, se encumbraban dócilmente como gestionándose a sí mismos, representando ser los dueños clasicistas del local cuando se ejercitaban en espasmódicos movimientos geométricos a través de la ejecución de graciosas carambolas, con el único objetivo de no chocarse entre ellos, debido a las dimensiones de la cafetería, al tiempo que bailaban Ska torpemente para criticar a los punkis y a los skinhead del lugar en el momento en que el calorío alcanzaba su culmen. Gentecilla que se no se atreven a entrar aquí, según declamaban rítmicamente dando puntapiés a diestro y siniestro mientras chocaban contra el mobiliario. Manolo, el dueño parsimonioso por antonomasia, asistía sin inmutarse a dicho escenario rutilante, puesto que solía tranquilizar a los escépticos con su típico y memorístico no os precupéis, los chiquillos se dejan mucha pasta en consumiciones y alegran el local. Insistía, por si alguien protestaba más de la cuenta por culpa del ruído: luego me ayudan a limpiar.

Esa tarde-noche, tomaron una decisión a contracorriente. Cogieron el coche del padre de Debi, tras un partido de fútbol memorable visto en la tele del bar, donde marcamos doce goles a uno contra Malta, el último, a grito pelao para acompañar a la interlocución del comentarista deportivo: Gooooool, gol de Señoooooor.

Avidos de sensaciones estimulantes, con copas de más y ganas de pasarlo chachi piruli, no dudaron en irse cinco de ellos, una representación decidida del grupo, con el Golf GTI nuevecito a la casa de campo de Juan José, el papá de la niña, la más pequeña con dieciocho, repetidora, quien cursaba tercero de B.U.P. Con su carnet de conducir recién estrenado, puso el motor en marcha y accionó la caja de cambios. Fue un inicio de conducción bastante divertido hasta que hubieron salido del municipio. Se echaban confettis entre todos. Debi se giraba una y otra vez hacia atrás soltando chistes y sonoras risotadas.

La carretera fue el empaque de la seriedad, por su parte, no hubo confusión con la realidad. De izquierda, a derecha, de derecha a izquierda, trayectoria en zig zag, trémulo poder. Debi dirigía, el copiloto charloteaba sin esperar nada a cambio de la distracción. El resto cantaba en posesión de la verdad absoluta. Los rayos de sol en reflexión sobre el parabrisas transparente, atenuando la visibilidad, jugaron su papel. Debi, si, la Debi directora, el factor primordial, falló en sus tornas. El destino esperaba impávido. El automóvil continuaba su camino contorneándose con la suerte y dando vueltas de campana. Nada impidió que la muchacha besara el volante, grácil diosa del amor y de la fortuna grecolatinas, prisionera de un cuadro alegórico imperecedero mucho más allá de la física. Los frenos funcionaron a la perfección, más de una vez. Quizás hubo contabilizado el magma del universo tres o cuatro frenazos. Caras, miembros y cuerpos difuminados poliédricamente en formas irregulares e irreconocibles. Dos de ellos todavía emulaban al viento, resoplando en medio de la asfixia. Alguién accionó el seguro de la puerta trasera izquierda. La belleza de los contrarios, reflejada en la juventud rebelde y el instinto de supervivencia, se había personificado momentáneamente para darle a Erik una segunda oportunidad.

Por marisa12domenechcastillo

Soy bloguera desde 2014 y recientemente he realizado mis primeras incursiones como youtuber y podcaster.

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